Apunta Keila Vall de la Ville sobre la serie Gracias, ánimas de Guasare: “conserva la atmósfera de un registro de viaje, un aire de transitoriedad en cada ofrenda y muestra una relación horizontal entre los visitantes de la capilla y lo divino”.

Rutas y cartas de Antolín Sánchez (y VI)

1 • abril • 2021

Alejandro Sebastiani Verlezza

Destacaba en la entrega pasada, a propósito de la serie de Antolín Sánchez sobre su recorrido en Guasare, la anotación en particular de un anónimo feligrés: “Ánimas de Guasare gracias por el favor recibido y por recibir” (05-09-81).

Curiosamente, la persona que la escribió se dirigía a una pluralidad: son varias las almas, no una sola, las que operan en conjunto y de manera sutil entran en la imaginación –o el inconsciente– del lugar como presencias benefactoras. Tanto así que llega a establecerse esta suerte de conversación silenciosa, y desde luego religiosa, a través de una gentil nota de agradecimiento.

Por otra parte, a partir de estos detalles, es posible establecer vínculos con otra serie de Sánchez: “Ausencia”. En distintas tomas, por ejemplo, llama la atención cómo una estela cruza cierta calle oscura y desolada. Pareciera un ánima, solitaria, acaso un cuerpo, o su reflejo captado a partir de un meditado juego estético a la hora de producir la imagen. Es que un principio similar anima además a la serie “Paisajes metafísicos”.

Como se ve, pues, una búsqueda constante en el autor. Así, vistas estas asociaciones, las conjeturas sobre la proveniencia de estas imágenes puede volverse infinita y justo ahí –en la capacidad de modificarse y reactualizarse incesantemente– estaría la más elocuente “supervivencia”, lo cual se insinúa desde ya –para seguir los planteamientos de Georges Didi-Huberman– en una forma de “conocimiento transversal, no estandarizado, de nuestro mundo”, tal y como lo expuso este mismo estudioso en un texto expositivo sobre Aby Warburg llamado “Atlas. ¿Cómo llevar el mundo a cuestas?”.

Esta manera de ver abre paso a una percepción de las corrientes alternas –y limítrofes– que pueden circular en la atmósfera visual de una realidad muy concreta.

Bien vale ahora entrar en las consideraciones que el fotógrafo tuvo presente cuando dio con las imágenes captadas en Guasare. En este contraste, producto de su propia visión, aparecerá otra perspectiva, tal vez más “distanciada”, capaz de reflexionar sobre lo ya visto y captado. Al preguntarle sobre las motivaciones de esta serie, el fotógrafo apuntó:

Los creyentes en Las Ánimas de Guasare habían creado en forma involuntaria esos collages, tan anárquicos como divertidos, una suerte de “cadáveres exquisitos” con objetos en lugar de palabras y frases.
La vía entre Coro y Punto Fijo transcurre sobre un istmo desértico. En la mitad de ese reino luminoso y ardiente se encuentra una pequeña capilla rodeada de dunas. Cada rato, autos y camiones se detienen, sus ocupantes se apean, entran a la sofocante capilla, rezan rápidamente y siguen sus caminos.
El culto a las Ánimas de Guasare califica, según la clasificación que hace James Frazer en La Rama Dorada, como magia simpática, es decir aquella que para el creyente funciona por el contacto o bien por similitud. Es así que se ofrendan prendas personales, pupitres escolares, lápidas –supongo que alguien que se curó de una grave enfermedad–, sacos de productos agrícolas, fotografías de personas, casas y automóviles, copias de documentos y hasta vestidos de novias completos.
Mi primera intención fue retratar a los fugaces fieles, pero no llegué a fotografiar siquiera a uno de ellos. Por una parte me cohibí, sintiéndome un intruso en su acto de fe, además los visitantes entraban y salían muy rápido: el enorme calor del interior convertía en un suplicio pasar un rato en el interior. Opté entonces por fotografiar las ofrendas. Esos objetos, más que cosas, son testimonios cargados de anhelos, miedos y alegrías: un universo encerrado en cincuenta metros cuadrados (26-12-206).

Las ánimas de Guasare han sido un fenómeno con una presencia considerable en la prensa local. Por ejemplo, La voz de Falcón reseña en una nota del 26 de octubre del año 2019 la caminata de un grupo de feligreses hacia el llamado Santuario de las Ánimas de Guasare, justamente como un acto de fe colectivo (para dar las “gracias”). Ya en el ámbito académico, vale destacar el paper redactado por Braulio Medina y Heumaro Olivares, titulado “Ánimas de Guasare. Lo eterno presente de los hombres con sed” (Universidad del Zulia. Núcleo de Punto Fijo).

Lo anterior da cuenta de cómo un fenómeno que se vuelve parte intrínseca de la religiosidad popular venezolana se mueve en las distintas capas del imaginario colectivo –feligreses, la prensa, los estudiosos– hasta conectarse ya propiamente con el terreno del arte.

Un caso similar, en una zona vecina del país, ha ocurrido en Yaracuy con María Lionza, cuya imagen –y culto– se ha instalado en el imaginario colectivo del lugar, hasta el punto de captar la atención de estudiosos como Gilberto Antolínez y poetas como Elisio Jiménez Sierra, Gabriel Jiménez Emán, Yolanda Pantin y Santos López.

Un acercamiento más detenido a estos autores podría suscitar más de una reflexión sobre un fenómeno que bien podría denominarse la circulación de las imágenes.

[nota bene: el lector puede consultar en el blog de La Cueva las entregas anteriores de esta serie dedicada a la obra fotográfica de Antolín Sánchez y también puede repasar las aproximaciones de otros autores venezolanos a su trabajo]

 

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